ÁNGELA NORDENSTEDT

PAISAJES ESCOGIDOS

 

Realiza su formación en la facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense, en los talleres del Círculo de Bellas Artes y en los del CGAC. En 1995 realiza una estancia de varios meses en Roma. Desde entonces trabaja casi en exclusiva sobre papel y poliéster.

El dibujo, en un sentido amplio, es su principal línea de investigación, aunque no la única, ya que la pintura y la escultura también están presentes en su obra. Le gustan los materiales simples, a veces frágiles, reciclados o poco convencionales, sobre los que opera la magia de la transformación, que cambia la apariencia, el significado y el valor de toda esa  materialidad. Pero tiene que parecer fácil, como un juego.

Ángela Nordenstedt nos traslada a una suerte de paisaje oriental hibridado con los jardines de Monet. Contaremos además con la posibilidad de “elegir nuestro propio paisaje” algo insólito e inédito, que se plantea como juego entre la artista y el público. Pero quien mejor nos introduce en este laberinto paisajístico es Luis Francisco Pérez, que dedica este precioso texto a la muestra:

“Seguramente hay lo inexpresable. Éste se muestra…”

Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus

 

La pintura, al igual que la novela escrita en cualquier tiempo que se nos ocurra después de Cervantes, son géneros artísticos tanto clásicos como modernos o contemporáneos que, sin traicionar o alterar sus principales funciones prácticas y operativas, también poseen la cualidad, consustancial a su propia naturaleza, de auto-sacrificarse para seguir existiendo. O de inmolarse y aniquilarse por ella misma con el único fin de ir sumando significados y significantes a una disciplina artística que se diría más joven, actual y necesaria, cuanto más se auto-inmola, o cuando más se la considera “muerta”, para resucitar con más vigor y poder tiempo después de su funeral.

 

La obra que en esta ocasión presenta en Salamanca Ángela Nordenstedt parte de una consideración intemporal, que no “clásica”, de la práctica pictórica en tanto que crítica de sí misma y como elemento desestabilizador (paradójicamente también esta cualidad lleva incorporado su opuesto, o mejor: su dialéctica negativa) de un proceso creativo –en este caso el paisaje y sus diferentes lecturas, interpretaciones y semánticas- que se nos muestra como un seguro territorio afectivo (es decir: intelectualmente querido y deseado) muy bien sedimentado desde la propia Historia del Arte, y no únicamente Occidental, como bien podemos comprobar en la generosa selección de esta muestra. Pues en esta ocasión se diría que un famoso paradigma del jardín artístico de la cultura occidental –el de Claude Monet en Giverny- se alía con determinadas imágenes de paisajes orientales. Ahora bien, la contribución procedente de culturas muy alejadas físicamente de nosotros, visibles en estos trabajos, posee dos estructuras brillantemente diferenciadas. Una sería la procedente de su propia tradición artística que ha llegado hasta nosotros; y otra, muy importante en mi opinión, sería la influencia más soñada que real. O más cinematográficamente soñada: algunos jardines contemplados en películas del cine japonés clásico, sobre todo en las serenas y deliciosas películas filmadas por el maestro Yasujiro Ozu.

 

Las obras que ahora contemplamos de nuestra artista se nos muestran a modo de constelaciones, formando entre ellas caminos, senderos, veredas, atajos, laberintos de la naturaleza, cruces, accesos y torrenteras, como si la mano de la creadora tuviera la rara cualidad de ir pintando, con la importantísima ayuda de una sabia y muy serena utilización del color, al mismo tiempo que nombra esa ofuscación de la Naturaleza, esa tan hermosa y temible indiferencia con que ella nos contempla.

 

Luis Francisco Pérez

Madrid, otoño 2017